Los ídolos del mundo y el Dios de la vida

  • Fecha del evento: 2022-06-06

Artículo JPIC


Los ídolos del mundo

Decía Bonhoeffer que los seres humanos solemos crear ídolos a partir de nuestras propias necesidades, pues no somos capaces de vivir sin principio y sin fin.[1] Es decir, a nuestra sed de seguridad, de relaciones sociales perdurables, así como nuestra búsqueda de reconocimiento, prestigio, admiración y, sobre todo, poder: tanto sobre mí mismo como sobre lo que me rodea y los demás, es lo que nos lleva a crear ídolos y así imponernos nosotros mismos sobre los otros. Así se acaba imponiendo la idea de que «el hombre es el Dios del hombre: ‘homo homini Deus’».[2]

En este sentido, Pagola destaca dos entre ellos de manera particular: «Ídolos como el Dinero o el Poder, que deshumanizan a quienes les rinden culto y exigen víctimas para subsistir.»[3] Estos ídolos destacan entre los otros cultos idolátricos, puesto que trastocan nuestras estructuras sociales y las rigen a su conveniencia. Muestra de ello es que en nuestro país se habla del agua como mercancía de cambio y no como un Derecho Humano universal.

El cristofascismo, que es otra manera de idolatría denunciada ya por Dorothe Sölle, trata de llevar a una compatibilidad entre el cristianismo y la política partidaria de la ultraderecha. En nuestra actualidad, el enorme templo dedicado a la Virgen de Fátima en un lugar tan vital, por su reserva acuífera como Valle El Ángel, es signo de esto. La idolatría al Dinero sacrifica la Tierra, el agua y la vida de los pobres, incluso bajo premisas religiosas y espirituales que son imposibles de sostener.

Por tal razón, dirá Pagola, es “significativa la posición de Jesús ante el César o ante el Dinero (mammón), ídolos por antonomasia que ofrecen salvación, pero producen miseria, desnutrición y muerte: «No podéis servir a Dios y al Dinero» (Lucas 16,13 // Mateo 6,24); «Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios» (Lucas 20,25// Mateo 22,21)”.[4] Es decir, es imposible poder adorar a los Baales, los becerros de oro (como ha querido llamarle la tradición veterotestamentaria) y al mismo tiempo querer adorar al Dios vivo y verdadero, que demanda una vida de santidad, coherencia y justicia. Por eso Jesús no llevaba consigo nunca ninguna moneda con la imagen del César.

El Dios de la vida: vencedor de los ídolos.

Esto quiere decir que la praxis de Jesús no hace sino luchar contra los ídolos “que se oponen a este Dios de la vida y son divinidades de muerte”.[5] Por ello entra en conflicto constante con las estructuras religiosas y políticas de su tiempo, puesto que Jesús anuncia otro Dios posible: el Padre que está en los cielos, pero que ama profundamente la vida de quienes están en la Tierra. Esta Tierra que no tiene por qué ser un Valle de lágrimas, como dicen algunas de nuestras oraciones, sino un lugar donde la justicia y la paz se encuentran.

Jesús quiere proclamar ese Dios de la vida “sin hacer de su misterio un ídolo ni una amenaza, sino una presencia amistosa y cercana, fuente inagotable de vida y compasión por todos”.[6] Por esa razón su práctica fraterna no obedece a la lógica de un juez implacable, sino más bien habla de un banquete de bodas, donde se come y bebe en la mesa del Padre donde caben todos, sobre todo los más pobres, marginados y olvidados. Los últimos y descartados, pues según la práctica de Jesús, el Dios de la vida los ama con especial predilección.

Por esa misma razón, Jesús confronta el orden establecido: él no puede pensar en Dios sin pensar en su proyecto de trasformar el mundo hacia la justicia. Es decir, no separa nunca a Dios de su reino. La voluntad de Dios deja de ser para nosotros un misterio incognoscible o reservado exclusivamente para una casta clerical, ya que en la práctica de Jesús queda demostrado que la voluntad de Dios consiste en que todas las personas puedan llegar a disfrutar de la vida en plenitud. Por eso Dios siempre está siempre del lado de las personas y en contra del mal, el sufrimiento, la opresión y la muerte que generan los ídolos.[7]

Como cuando Jesús enseña al decir “santificado sea tu nombre”, se desea afirmar “que sean desterrados los nombres de los dioses e ídolos que matan a los pobres”, [8] su nombre es Padre bueno. En Jesús se anuncia que los imperios tienen los días contados, que quienes oprimen a las naciones serán últimos en el reino de Dios, donde la prioridad estará reservada a quienes eligen ser los servidores de sus hermanos (Mc 10, 42–44),[9] especialmente de los más desfavorecidos.

En conclusión, los ídolos prevalecen en la actualidad como han prevalecido en épocas antiguas. Como suelen hacer, se visten de estructuras religiosas como políticas. Sus representantes suelen hacer una caricatura del Dios de la vida, a través de los ídolos, que a su vez demandan sacrificios para sostenerse. El dios Poder exige súbditos, lacayos y plebeyos; el Dios de la vida pide en cambio que todos seamos hermanos. El dios Dinero exige ganancias, rédito y plusvalía; el Dios de la vida exige que sobre cualquier capital se respete integralmente la dignidad de la vida humana.

Desde la práctica de Jesús, es insostenible legitimar ninguna forma de totalitarismo y opresión con las que se ofrecen a los ídolos del Poder. Las caricaturas de dios que se han gestado tanto dentro como fuera de la institución eclesiástica siempre han obedecido a la dominación y control, incluso de la conciencia de la persona y, con mayor razón, las vidas de las gentes más sencillas.

Sin embargo, el modo de proceder de Jesús es tomar una opción preferencial y total por los pobres, sin escatimar los esfuerzos que eso conlleve, así como sin regatear el precio de la defensa de la vida que como consecuencia esto tendría. En su caso histórico-concreto, es el tremendo escándalo de la cruz, de la cual sus auténticos seguidores no podrán tampoco evadir. Es tiempo de replantear la praxis jesuánica en términos actuales, de tal forma que los menos provistos de cuidados, tanto sociales como espirituales, sean los rostros concretos donde se reflejan los favoritos del reino: empobrecidos, pecadores, pandilleros, prostitutas, personas de la diversidad sexual, los explotados y oprimidos de nuestro tiempo. En ellos se confirma la lucha contra los ídolos de este mundo, que anhelan siempre convertir el sistema en algo totalmente desesperanzador.

Es a partir de esto que los seguidores de Jesús practican el bien, la fraternidad, la justicia y la paz, pues poseen la esperanza del Dios de la vida que ha vencido de una vez por todas la muerte. Por ello afirmó el Concilio Vaticano II: “El que sigue a Cristo, Hombre perfecto, se perfecciona cada vez más en su propia dignidad de hombre”.[10] El templo valioso de la dignidad humana donde se juega la salvación o la condenación, tanto histórica como escatológica, es el lugar donde Dios ha querido permanecer más que en cualquier otra estructura, sea física, religiosa o social.

Servir a las y los pobres sería la única manera de prestar verdadera adoración al Dios de la vida, que no quiere que ninguno de sus hijos se pierda, ni el más pequeño de ellos. La fe hace un llamado a la solidaridad y a la fraternidad humana con el respeto a la historia y vulnerabilidad de lo más necesitados. Ya sean personas de escasos recursos, marginados sociales, excluidos de todas índoles; ellas y ellos deben tener un lugar especial en nuestras parroquias.

Ninguna institución eclesial puede optar por el servilismo a los ídolos del Gran Capital; papeles impresos y cifras numéricas escandalosas para con los pobres, pero finalmente no pueden salvar porque simplemente no quieren salvar. El conflicto será permanente hasta que los valores utópicos del Reino se manifiesten en nuestra cotidianidad y servicio, como un modo de proceder, como una práctica histórica, aunque esto cause conflicto al poder estatal como episcopal.

Las propuestas de defensa del agua y de la tierra, la promoción social por medio del trabajo y educación, así como la asistencia con alimentación y enseñanza de un Jesús liberador, son algunas de las propuestas viables en las presencias cristianas. Quien llega a conocer las prácticas de Jesús no llega jamás a arrodillarse ante ningún ídolo del Poder. Muestra de ello son tantas y tantos mártires salvadoreños que han dado la vida por adorar, en espíritu y en verdad, al Dios de la vida presente en los pobres.

Fr. Víctor Treminio, OFM

[1]
Bonhoeffer, D (1971). ¿Quién es y quién fue Jesucristo? Su historia y su misterio. Ed. Ariel, S.A. España. p. 96.

[2]
Feuerbach, L. (1960). L’Essenza del Cristianesimo, Milano: Feltrinelli. p. 194.

[3]
Pagola, J. (2007). Jesús, aproximación histórica. Ed. PPC. Madrid, España. p. 319.

[4]
Ibíd., p. 320, pie de página n. 79.

[5]
Ibíd., p. 319.

[6]
Ibíd., p. 6.

[7]
Ibíd., p. 318.

[8]
Ibíd., p. 323.

[9]
Rafael Narbona (2022). El Jesús de José Antonio Pagola. Recuperado de: https://www.vidanuevadigital.com/blog/el-jesus-de-jose-antonio-pagola/

[10]
Concilio Vaticano II. (1965). Constitución Pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, n.41.